domingo, 11 de junio de 2023

Espejismos de Amor y Desconfianza

Alejandro y Martina eran prisioneros de matrimonios convenidos, que habían tomado forma de cárcel de la cual no podían, ni querían, liberarse, porque, al fin y al cabo, las rejas de la costumbre son las más resistentes.

Ambos habían encontrado, en los ojos del otro, el espejo de la libertad; y en las palabras del otro, el eco de sus propias voces ahogadas. Eran, entonces, amantes, unidos por los hilos invisibles de la necesidad y la añoranza.

Pero, como suele suceder en los encuentros de amor y de sombras, había un desacuerdo fundamental en sus valores. Alejandro era un hombre de principios sólidos, un admirador de la constancia y la honradez, que trataba de andar por la senda de la rectitud, aun en medio de su pecado. Martina, en cambio, era una criatura de brumas y vientos, tan cambiante como la luna y tan inconstante como el mar.

Esta discrepancia comenzó a sembrar semillas de desconfianza en el corazón de Alejandro. Empezó a ver, en cada gesto de Martina, la traición que podía llegar; y en cada palabra suya, la mentira que podía anidar. Martina, desde su perspectiva, sentía que el amor era suficiente para acallar las voces de la duda y del miedo.

Una noche, bajo el resplandor descolorido de la luna, Alejandro decidió terminar su aventura con Martina. Entre palabras llenas de hielo y silencios cargados de despedida, rompió el lazo que los unía. Martina se quedó sola, en medio de la noche, con la desolación de quien ha perdido un tesoro preciado.

Alejandro volvió a su vida de aparente rectitud, a su matrimonio de papel y tinta, llevando consigo el amargo sabor de la desconfianza. Martina, por su parte, tuvo que aprender a vivir con la angustia de haber perdido al hombre que más amaba. Sus días se volvieron grises, y sus noches, un abismo sin estrellas.

La historia de Alejandro y Martina es la historia de un amor deshecho por la desconfianza, una fábula de sombras y espejismos. Pero también es la historia de una mujer que, a pesar del dolor y la angustia, aprendió a caminar bajo el peso de la pérdida, y de un hombre que, a pesar de la certeza y la desconfianza, aprendió que el amor tiene sus propios valores, ajenos a los códigos del mundo.

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