En una ciudad cuyo nombre ha sido olvidado, y en un tiempo que la historia no ha registrado, existía una biblioteca única, conocida como la Biblioteca de Ataraxia. No se trataba de un edificio común, sino de una estructura laberíntica, vasta e infinita, que albergaba todos los secretos de la consciencia humana.
Los visitantes de la biblioteca solían perderse entre sus pasillos, buscando respuestas a preguntas que apenas podían formular. Cada libro representaba un pensamiento, un sentimiento, una dimensión de la consciencia. Pero había un pasillo especial que muy pocos conocían, y menos aún, se atrevían a adentrarse.
Cuenta la leyenda que en este pasillo, denominado el Corredor de los Espejos, uno podía encontrarse cara a cara con sus propias emociones, en su forma más pura. Aquí, los sentimientos de amor incondicional brillaban con una luz resplandeciente, mientras que los miedos y las dudas proyectaban sombras etéreas. Aunque parezca extraño, aquellos que se aventuraban en este corredor, más que leer, sentían los libros.
Un día, un hombre sabio y curioso, llamado Íñigo, ingresó a la Biblioteca de Ataraxia en busca de respuestas sobre la relación entre consciencia, energía y espíritu. Después de pasar días errando entre los estantes, finalmente llegó al Corredor de los Espejos. Sin dudarlo, tomó uno de los libros, cuyas páginas resplandecían con un brillo dorado.
Al abrirlo, en lugar de palabras, vio reflejada su propia vida. Cada elección, cada emoción, cada pensamiento, estaban allí, presentados en una danza multidimensional. Fue entonces cuando comprendió que la consciencia no es un mero espectador, sino una fuerza creadora que interactúa con la energía para moldear la realidad. El espíritu, entonces, no era más que el reflejo de esa danza, el testimonio eterno del viaje del alma.
Íñigo salió de la biblioteca transformado. Había experimentado la tetradimensionalidad del ser, había sentido el flujo de la energía y había comprendido la naturaleza trascendente de su espíritu. Más que respuestas, había encontrado preguntas más profundas, preguntas que lo acompañarían el resto de sus días, llevándolo siempre en busca de una comprensión mayor.
Y así, la Biblioteca de Ataraxia sigue en pie, un enigma en el corazón de una ciudad olvidada, esperando a aquellos valientes que deseen descubrir los misterios de su propia consciencia. Porque, como diría Borges, "quizás no somos más que sueños dentro de un sueño, fragmentos de una consciencia infinita buscando encontrarse a sí misma".
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